La voz del párroco

Diciembre 2022

Queridos feligreses: 

Hemos entrado en este tiempo de Adviento que nos invita a prepararnos para la venida del Señor, su segunda venida será como juez justo que vendrá a recapitular todo para dar el premio de la vida eterna e dichosa a aquellos que hicieron el bien y el castigo eterno para aquellos que hicieron el mal.

Sin embargo, este tiempo nos actualiza cada año también la primera venida, que es el valor de este mes, “la Encarnación” del Hijo de Dios en el seno de la Santísima Virgen María y nos ayuda a prepararnos espiritualmente a esta Solemnidad que nos presenta este misterio divino de que “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14) lema también de este mes.

La Encarnación nos revela los sentimientos de Dios, su forma de presentarse: “Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz…” (Flp 2,6-8).

Es decir, la humildad que San Pablo expresa con la palabra griega Kenosis, significa “vaciarse de uno mismo”, así Dios hizo en la Encarnación se hizo un insignificante hombre que como dice el profeta Isaías es como la hierba que se seca y muere (Is 40,6-8). Se hizo mortal el que es inmortal, se hizo débil él que es el Todopoderoso, el Omnipotente, hasta llegar a ser Siervo de Yahvé en la muerte de cruz.

Dios descendió se hizo pequeño, se hizo último al nacer en una gruta y más tarde al morir en la cruz como un malhechor, y todo para salvar al hombre que está esclavo del pecado que lo obliga a vivir para él y le impide amar sin reserva al prójimo, hasta su enemigo.

Al encarnarse y al nacer en Belén Jesucristo viene a habitar en los corazones de cada hombre que deciden este camino de humildad, de descendimiento, de vaciamiento de uno mismo, de hacerse últimos, de considerar a los demás importantes, hasta superiores a uno mismo, a tú querer ponerte al centro.

En el fondo es el significado de nuestro bautismo, que es un descender a tu realidad más profunda de pecador, el reconocerte pecador es un don del Espíritu Santo y de la escucha atenta de la Palabra de Dios que te va iluminando hasta en los tuétanos de tu espíritu, generando en ti el deseo de dejar en las aguas de la fuente bautismal todo este hombre pecador “el hombre viejo” y desear que Cristo te salve, que Él habite en ti encarnándose en un corazón humilde como la gruta de belén. Solo si nosotros entramos en este descender, en este camino de conversión podremos experimentar el amor de Dios que viene a habitar dentro de cada uno.

La Navidad es un camino de humildad primero, y luego de profunda alegría que viene de Cristo; este adviento nos invita a prepararnos, con la oración, con la reconciliación con Dios y el prójimo (tus familiares) pidiendo perdón, con las humillaciones, con las privaciones, con las obras de bien, preparando bien el Belén en las casas y contemplando este maravilloso misterio de la Sagrada Familia en un clímax de oración; evitando poner al centro de todo, las fiestas, las compras y las salidas con sus vanidades; más bien que al centro esté el amor que recibimos a través de los sacramentos, de las misas que en la Iglesia se irán celebrando, este amor para con Jesucristo que se encarnó por ti y por mí para hacernos felices, plenos, capaces de mar al otro, de dar tu vida por el otro. 

La humildad es la puerta para la Navidad, quien tendrá la luz de prepararse en este tiempo y se humilla será enaltecido, vivirá una Navidad como nunca, plena y llena del amor de Dios, la Navidad no le pasará por encima no será solo algo materialista o superficial sino algo salvífico que vendrá a cambiar tu vida y la mía. 

Que la Santísima Virgen María, su Castísimo Esposo San José y los Santos Ángeles de la guarda les bendigan y les protejan..

P. Luca Burato