VERDAD

QUERIDOS HERMANOS FELIGRESES:

Estamos ya en el mes de septiembre preparándonos para la Solemnidad de la Patrona de nuestra República Dominicana “Nuestra Señora de las Mer- cedes”, ella nos facilita con su intercesión las gracias y las mercedes necesarias para nuestra liberación y santificación. El valor de este mes es “VERDAD”, sabemos que según el pensamiento occidental verdad hace referencia al concepto de pensamiento y palabra, que son verdaderos cuando están conforme a la realidad o también verdad entendida como la misma realidad que se desvela, que se hace más clara y más evidente. En el lenguaje bíblico verdad está relacionada y fundamentada a una experiencia de Dios, de su acción; Dios es fiel, verdadero, único, no pasa; De allí la palabra amén, de donde se forma ´emet (verdad), que tiene el sentido de: ser sólido, seguro, digno de confianza. Verdad entendida entonces como estable, probada, en lo que uno se puede apoyar (roca – construir sobre la roca – Cristo es la roca, la verdad – arena – construir sobre la arena – sobre lo inestable – sobre lo falso – sobre los ídolos). Según la revelación Dios es la verdad, Él es “el verdadero”, Él es “el Ser”, el “YO SOY”, en otras palabras, de Él aprendemos la verdad, el recto obrar, el obrar bien y el no obrar el mal. La fuente de la moralidad y de la ética es la verdad, y la ver- dad es Cristo, Dios que nos enseña cómo vivir y cómo actuar.

Hace unos años el papa Juan Pablo II escribió una encíclica que se llama “Veritatis Splendor”, el esplendor de la verdad donde trataba unos puntos fundamentales relacionados con la verdad y la moral del ser humano, como la ley natural y los mandamientos, la libertad del hombre y la conciencia humana. En el mundo actual se está poniendo en tela de juicio toda la moral de la Iglesia que a los ojos del hombre moderno se presenta como intransigente e intolerantes, tacha a la Iglesia como aquella que cree de tener la verdad absoluta. Sin embrago, el papa Juan Pablo II decía que desde siempre en el hombre hay una búsqueda existencial y que todas las culturas, y todas las religiones de la historia se han siempre preguntado cosas como: ¿qué debo hacer?, ¿Cómo puedo discernir el bien del mal?, ¿Cuál es la meta final del hombre?, ¿Cuál es el camino (no todo camino) que conduce a la felicidad? Viendo esto es justo también preguntarse si “fuera de la Iglesia hay salvación”. La respuesta que da el papa citando el Concilio Vaticano II es: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna”.

En nuestro actual mundo post moderno estas preguntas no encuentran un espacio saludable para ser reflexionada y meditada, el afán de una vida materialista y placentera, el ateísmo, todo el progreso tecnológico y el relativismo, hace que el ser humano se distraiga y se encierre en sí mismo, sin una maduración y un crecimiento en su vida moral e espiritual dejando a un lado aspectos fundamentales como la ley natural, los mandamientos y adormeciendo su conciencia; en efecto lo de una vida moral madura en muchos ambientes de nuestra sociedad actual es percibido como un peso, como una constricción, un limitación de la libertad.

Sin embargo, para el cristiano, la vida moral, los mandamientos, el obedecer a Dios como fuente del bien, no es un legalismo, ni moralismo, ni un peso que limita, más bien “esta vida moral se presenta como la respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre, es una respuesta libre de amores una relación libre de amor ”, ya lo dijo el Señor Jesús: “si alguno me ama, guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis Palabras” (Jn 14,23-24). Los mandamientos básicamente son ley natural, “escrita por el Espíritu Santo nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre (Jr 31,31-34)”. Estos mandamientos, tan criticados y cuestionados, son los que nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre y nos hacen buenos, nos enseñan el camino recto “me enseñará el camino de la vida” (Sal 16,11a). Ponen de relieve primero los deberes esenciales y, luego, indirectamente, los derechos fundamentales, propios del ser humano” (por ejemplo: mi deber es defender siempre la vida, mía y la de los demás, no hay ningún derecho por encima de esa responsabilidad, por eso el aborto siempre es un abuso de poder y de libertad). En este sentido se necesita considerar que la función básica de los mandamientos: “Los preceptos negativos (mejor sería decir expresados en forma de prohibiciones) expresan con fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama”, es decir, Dios no te quita nada, más bien es un Padre que con sus no sabios te ayuda a defender la vida, a estar dentro de los límites de la vida plena (fuera de los mandamientos, fueras de los limites amorosos de Dios Padre está la muerte, está lo no estable, está la arena, está la mentira). Aquí hay un punto importantísimo y es que la libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente.

La verdad nos recuerda que estamos llamados a actuar moralmente bien, pero es sabido que nuestra humanidad está herida por el pecado y muchas veces es muy débil para actuar bien; esto se supera y se soluciona, con el don del Espíritu, y la gracia divina y la respuesta consiguiente de la libertad humana. La Iglesia nos recuerda la relación ley-gracia (vida moral y gracia de Dios), esta relación es íntima y vital, y es necesario mantener (vivir en gracia de Dios, esforzarse para vivir las virtudes y los valores). De allí la tarea importante de formar bien las conciencias de todos los hombres, en particular de los hijos y los más jóvenes, sabiendo que la fuente de luz para una conciencia recta y veraz es la Palabra de Dios “Lámparas es tu palabra para mis pasos luz en mi sendero” (Sal 119,105).

Es muy importante dejarnos guiar por la Palabra de Dios y el Catequismo, porque la famosa imagen “la del árbol de la ciencia del bien del mal” (Gn 2,9) con su drama y su famosa frase mentirosa demoniaca “Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 3,5), es siempre actual y real, y nos enseña que el poder de decidir sobre qué es el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios.

En muchas corrientes actuales del pensamiento moderno, en muchas políticas actuales, y en las ideologías como la del género se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. Se han atribuido, a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. En definitiva, que la conciencia no es constitutiva o creadora de la norma sobre lo que es bueno o no (no somos dioses), sino intérpretes (somos creaturas que se van perfeccionando): hoy día se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia (en muchos países es el estado que quiere dictar la moral sin tener en cuenta a la revelación, a los principios evangélicos). El mal que estaba detectando el Papa Juan hablo II es, y lo dice expresamente “negar la dependencia de la libertad con respecto a la verdad”. El hombre no tiene una autonomía moral, aunque crea tenerla, él no sabe en última instancia lo que está bien y lo que está mal, solo con la ayuda de Dios Creador y Padre aprende a actuar conforme a su naturaleza que es el amor, y solo así podrá ser libre y pleno.

Es que la verdad, la libertad y el amor (mandamientos, ley natural) se conjugan y complementan: se implican mutuamente. Por eso, la Iglesia como Maestra y Madre, no se cansa de proclamar la norma moral. Ella sabe muy bien que no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la Verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. La Iglesia jamás podrá renunciar al principio de la verdad y de la coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien, y al mismo tiempo siempre ha de estar atenta a no quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante (Is 42,3), como Jesús que fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso hacia las personas.

Hermanos pidamos el don del Espíritu Santo para que nos ayude a ser testigos de la verdad, y como dice nuestro lema “todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37) escuchemos la voz de Dios, su Palabra, escuchemos la voz de la Iglesia y así “si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31).

Que la Santísima Virgen María, su Castísimo esposo San José y los Santos Ángeles de la guarda les bendigan y les protejan.

P. Luca