Queridos feligreses:

Estamos ya próximos a las fiestas navideñas, celebraremos con gran “alegría” el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, ese fruto del Espíritu Santo es nuestro valor, es una invitación que en el mismo tiempo de adviento la Iglesia también nos hace en el tercer domingo de Gaudete citando el mismo San Pablo en la carta a los Filipenses “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito estad alegres… El Señor está cerca” (Flp 4,4-5). La alegría es uno de los frutos que el Espíritu Santo produce en nosotros, juntamente con el amor y la paz son los más importante y los más presentes en la comunidad cristiana. Hay que distinguirla de la alegría pasajera del mundo, en efecto, nuestra sociedad ha perdido la alegría cristiana, la del amor fraterno, la entrega y el servicio gratuito, el anuncio del evangelio; es una sociedad triste, fruto del egoísmo, del solo placer y trabajo, del éxito y de la ganancia, afán de pasarla bien, no se quiere sufrir por amor, por hacer el bien, por vivir las virtudes y los valores.

En las Sagradas Escrituras aparece mucho esta alegría – gozo que está relacionada con el Mesías, con su nacimiento y su resurrección, con el envío del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia, con el perdón de los pecados y la salvación, con el anuncio del evangelio y la práctica de la caridad. Es la alegría mesiánica que San Juan Bautista experimentó desde el seno de su madre Isabel cuando la Santísima Virgen María la visitó. Es la alegría de la “Llena de gracia” que recibe el anuncio del Arcángel Gabriel, la del anuncio de los ángeles a los pastores, la de los reyes magos que al ver la estrella se alegraron, la de los mismos pastores que se fueron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, es la de los apóstoles que al ver al Señor resucitado en el cenáculo se alegraron, la misma alegría que experimentaron más adelante al recibir el Espíritu Santo en Pentecostés cuando la gente al oírlos hablar en todos los idiomas decían de ellos “¡Están llenos de mostos¡”. Es la alegría que se experimenta en el cielo cuando un solo pecador se convierte, la que experimentó Zaqueo al bajar y recibir a Cristo en su casa y ser así salvado, la de los setenta y dos que de la misión regresaron alegres por ver que los demonios se sometían al nombre de Jesús. Papa Francisco en una homilía decía (28 mayo 2018): “ ‘la alegría cristiana’ es como ‘la respiración del cristiano’. Porque ‘un cristiano que no es alegre en el corazón —afirmó— no es un buen cristiano’. La alegría, por lo tanto, afirmó el Pontífice, ‘es la respiración, el modo de expresarse del cristiano’. También hizo notar, que la alegría ‘no es algo que se compra o yo la hago con el esfuerzo: no, es un fruto del Espíritu Santo’. Porque, recordó, Quien causa ‘la alegría en el corazón es el Espíritu Santo’. Cristo vino a salvarnos y esta salvación es causa de nuestra alegría, el cristiano es una nueva creación templo del Espíritu Santo, estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida. Esta vida nueva vino a nosotros con la Pascua con la entrega total de Cristo en la cruz muriendo el libremente por nuestros pecados y justificándonos al resucitar ofreciéndonos así su perdón, este misterio de redención lo actualizamos todos los domingos en el banquete eucarístico, la fiesta del cristiano que nos da esta alegría del corazón y del espíritu, la alegría de la resección, del vino bueno, del que tiene la Vida Eterna, el Amor Ágape, es la voluntad de nuestro Señor como dice el lema mensual  “Para que mi alegría esté en ustedes” (Jn 15,11). Nosotros estamos llamados a defender esta alegría, evitando de contristar al Espíritu Santo con nuestros pecados, utilizando las armas de la oración, de la limosna y del ayuno, defendiéndonos de las tentaciones de este mundo que quiere robarnos esta alegría verdadera por unas efímeras y pasajeras, o las tentaciones del demonio que quiere separarnos y dividirnos y así robar en nosotros la paz y la alegría. La clave para recibir este don mesiánico del cristiano es la humildad, el humilde sabe alegrarse solo en el Señor, por eso está dispuesto a perderlo todo en este mundo para ganar a Cristo y no perder esta vida nueva depositada en un vaso de barro. La Navidad nos llene de agradecimiento, nos llene de alegría y nos dé deseo ardiente de ser humildes, revestirnos de los mismos sentimientos de Cristo para que nuestra vida sea plena y feliz. 

Les deseo una Feliz Navidad y un próspero año nuevo, pidiendo a Dios por intercesión de la Santísima Virgen María, su Castísimo Esposo San José y los Santos Ángeles de la guarda que les bendigan y les protejan.

P. Luca Burato