Estamos entrando en el mes de diciembre donde celebraremos la solemnidades del tiempo de Navidad, y nos acompañará el lema del mes “Celebración”. Celebrar es una dimensión propia de la vida de las personas humanas y las formas de hacerlo varían mucho de acuerdo a los ambientes y las culturas. En nuestra realidad cotidiana la celebración nos ayuda a descubrir el valor de saber detenerse para generar un tiempo distinto al de la rutina diaria, un tiempo para gozar más intensamente de la vida y sus situaciones. Celebrar, es pues, disponer de un tiempo y de un espacio para que, a través de gestos, signos, palabras y actitudes, un acontecimiento se haga realmente vital. Los cumpleaños, la finalización de los estudios, el reencuentro con un ser querido y mil otras celebraciones más van alegrando y enriqueciendo el diario vivir.

Pero sobre todo, nosotros celebramos la fe y como es necesario encontrarse con un amigo o celebrar determinados momentos de la vida, del mismo modo es necesario encontrarse con Dios y con la vida nueva que él ofrece, para renovarse, entusiasmarse y animarse. Celebrar la fe es tener ese tiempo para el encuentro con el Señor de la vida y de la historia. Más aun toda la vida del cristiano desde el momento que se encuentra con Jesucristo, con el Enmanuel, desde que nace Cristo en nuestros corazones por la fe, como dice el lema “La Palabra se hizo carne” (Juan 1,14), toda su vida se transforma en una liturgia de santidad. La celebración litúrgica es el tiempo privilegiado en que el Señor se hace presente y los sacramentos de la fe son los momentos fuertes de esta celebración cristiana. Pero sobre todo celebrar el día del Señor junto con la comunidad es el momento culmen de la vida cristiana (CIC 1324 L›Eucaristía es « fuente y culmen de toda la vida cristiana ».

En el mundo actual el domingo como día de descanso semanal, como oportunidad para pasar sin prisas ni preocupaciones, como día de familia y de “recogimiento”, tiempo para el dialogo y el encuentro, la solidaridad y para dedicarse más especialmente a Dios, parece ser cosa del pasado. Sin embargo es preciso recuperarlo como día diferente, como ocasión para celebrar la fiesta y llenar de sentido el vacío que produce el materialismo de la vida moderna y su tendencia a igualar y pasar de la misma forma todos sus momentos. Como sacramento semanal, el domingo cristiano reúne la centralidad de Jesucristo y de su Pascua, la experiencia comunitaria de la Iglesia, la escucha de la Palabra y la celebración de la Eucaristía, elementos fundamentales para el crecimiento y maduración de toda vida cristiana. Es la oportunidad para celebrar cada siete días la presencia salvadora del Señor Resucitado que comunica su vida y llama a su seguimiento.

Jóvenes y mayores, por encima de lazos de amistad o de cultura, son invitados a participar juntos en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía y a encontrar allí la fuente para su vida personal y para su compromiso eclesial. Experimentar la presencia del Señor Resucitado en medio de su pueblo obrando sus maravillas, hace del domingo un día de fiesta, de liberación y de alegría. El domingo ofrece también posibilidades para el descanso, para una mayor cercanía y disfrute de la naturaleza, para una mayor dedicación a la vida de familia y a la amistad, para cultivar valores como el deporte, la cultura, el paseo, la convivencia o la música y hasta para entregar un poco más de tiempo a los ancianos, a los enfermos y a los necesitados. Viviéndolo de esta manera, se vuelve a reafirmar la prioridad de la persona humana sobre el trabajo y se recupera el valor de lo gratuito en una cultura donde la eficacia y el afán de producir tienden a imponerse como los criterios máximos.

Queridos y amados hermanos feligreses dispongámosnos a vivir este tiempo de adviento para celebrar con conciencia el nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo, es èl que nos hace santos y más humanos, conscientes que toda nuestra vida está consagrada a él.

Que la Santísima Virgen Maria, su Castísimo Esposo San José y los Santos Angeles de la Guarda les bendigan y protejan.

P. Luca Burato