Queridos hermanos en la fe:

En este mes de marzo tendremos como valor la “solidaridad”, un valor social que tanto propuso san Juan Pablo II, y que incorporó en las últimas décadas del siglo XX como categoría fundamental de la moral social. Aunque es un hecho probado que la solidaridad nació dentro de la matriz laica de los movimientos sociales de la modernidad y, por tanto, de espaldas a la doctrina moral eclesial, incluso en contra de ella. Sin embargo, en la encíclica “Sollicitudo rei sociales” en 1987, Juan Pablo II introduce la solidaridad entre la lista de las virtudes cristianas, la vincula a la justicia social y la relaciona con la caridad. Así lo expresa nuestro lema “Lo que hicieron a unos de estos mis pequeños, conmigo también lo hicieron” (Mt 25,40) vemos que solidario es aquel que no queda indiferente a los sufrimientos del otro, de otro ser humano, porque en definitiva somos todos hermanos de una misma humanidad.

Una persona crece y también una sociedad o país crece cuando construye solidaridad, cuando se distancia del individualismo egoísta y se acerca a las necesidades del otro, cuando reconoce que hay una dignidad en cada ser humano, en cada persona. Es cierto que en el profundo el ser humano siempre es solidario, aun cuando los sistemas materialistas y corruptos o las ideologías ateas no lo dejen expresarse, lo vemos en nuestras realidades parroquiales, cuantas veces vemos que las familias se ayudan cuando un miembro padece una enfermedad o una necesidad económica, o emotiva. El cristiano práctica la caridad que es siempre solidaria con el otro, y lo hace practicando las siete obras de misericordia corporales: visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento (compartir los bienes, hacer limosna), dar de beber al sediento (dar amor, afecto, cercanía), dar hospedaje al peregrino (es decir ser hospitalarios con los parientes, con las visitas, con los peregrinos), vestir al desnudo (vestir a los pobres, a los niños con los recursos escolares),visitar a los presos (la pastoral de la cárcel), enterrar a los muertos ( acompañar a los familiares); y las siete obras de misericordia espirituales: enseñar al que no sabe (la educación paciente de los hijos, y el buen ejemplo con los demás), corregir al que se equivoca (la corrección fraterna), dar buen consejo al que lo necesita, perdonar las injurias (perdonar y no juzgar), consolar al triste (estad alegre dice san Pablo, el cristiano trasmite esperanza y alegría), sufrir con paciencia los defectos del prójimo (practicar la paciencia que engendra virtud probada y la virtud probada esperanza y la esperanza no falla dice san Pablo en la carta a los romanos), orar por los vivos y los muertos (la oración, hablar de los hombres a Dios, ir al Santísimo Sacramento y orar por los hombres, por el país, por la humanidad).

En definitiva es desde la Cruz de Jesucristo, que estamos invitados a abrir los ojos al sufrimiento de tantas mujeres y hombres en el mundo actual, y activar una mayor solidaridad real con los que sufren y a trabajar por aliviar este sufrimiento y por superar sus causas. Recibiendo fuerza personal y comunitariamente de un Dios que ama la vida y que ama al hombre y que por amor muere en la Cruz, da su vida para que el hombre se salve, para que el hombre experimente el amor que a todo devuelve el sentido y que

todo lo resucita. Pidamos a Dios en esta cuaresma que nos hagan solidarios el uno con el otro, personas nuevas que aman, atentos a la necesidades del otro, Dios ponga en nosotros un corazón de carne, y quite toda dureza y egoísmo.

Que la Virgen Santísima María, su Castísimo Esposo San José y los Santos Ángeles de la Guarda les bendiga y les proteja.

P. Luca Burat